lunes, 23 de agosto de 2010

Las mujeres de Hitler

El siguiente documento fue presentado en el Tribunal de Nuremberg y se encargó al doctor Karl Brandt quien estuvo implicado en el programa de eutanasia que se llevó a cabo en el Tercer Reich entre 1939 y 1941.

«Mujeres alrededor de Hitler»: informe (s.f.) escrito en Dustbin por el doctor Karl Brandt y enviado al interrogador comandante *Edward Tilley el 6 de febrero de 1946

*Nota: El comandante Edward Tilley era miembro de la FIAT (Field Intelligence Agency Technical - Agencia Técnica para la Información de campo-).

Cada vez que Hitler honraba con su presencia la Berghof, su refugio de montaña, se producía una interrupción de sus obligaciones habituales que le permitía llevar la vida de un ciudadano particular.

En la Berghof, además del inseparable círculo de ayudantes y mandos militares, se alojaban otros huéspedes, cómodamente instalados en habitaciones individuales o dobles. Se hacía todo lo posible por separar a los invitados propiamente dichos de los hombres de Hitler y sólo en raras ocasiones se encontraban ambos grupos. Él podía, de este modo, disfrutar plenamente de la compañía y confianza de sus invitados en completa intimidad. En la vida del Führer representaron un papel importante no sólo los personajes destacados, como Heinrich Hoffmann, Esser y otros altos funcionarios del NSDAP, sino también hombres y mujeres menos conocidos que estaban a su alrededor. Por ejemplo, su ejército de secretarias formaba parte de la embriagadora atmósfera de la Berghof.

Atendían la casa un hombre de las SS y su mujer, dos personas que, al margen de sus obligaciones, carecían de importancia. El matrimonio vivía en un ala del edificio. Eva Braun vivía en el bloque central. Hasta entonces no había desempeñado el papel de «ama de casa».

Sólo en los últimos años aspiró Eva a ser lo que acabó siendo, la primera dama de la Berghof. Fascinaba a todos los invitados y su persuasiva personalidad le hizo ganar estima y respeto. No le resultaba fácil complacer a Hitler. Por lo que sé, la conoció en 1932, cuando se la presentó Heinrich Hoffmann, para quien la joven trabajaba.

En aquella época se habría dicho que Hitler seguía teniendo muy presente a su sobrina Geli Raubal, la hija de su hermana Angelika, con quien había contraído una profunda deuda por su lealtad y la comodidad que le había proporcionado durante los primeros años de lucha.

Me han contado que Geli era una mujer de espíritu elevado y noble y que fascinaba a todos cuantos la conocían. Murió en 1928 y se dijo que por su propia mano. Hitler no volvió a pronunciar su nombre desde entonces, ni se habló nunca del episodio, pero recuerdo que hablaba de ella en años anteriores con un sentimiento que se parecía a la devoción de la Virgen. La habitación que ocupaba en el piso muniqués de Hitler se ha mantenido intacta desde entonces, y él, por si fuera poco, ordenó que se construyera, en la nueva casa que tuvo en Munich, una reproducción exacta de este cuarto.

Es curioso que, adorando a Geli como la adoraba, se dejara influir por una personalidad tan diferente como la de Eva Braun. Puede que fuera una inspiración trágica que ocultaba sus convicciones inconscientes cuando en 1934 afirmó que «cuanto más grande sea el hombre, más insignificante debería ser la mujer». Parece que al decir esto quería expresar que los grandes hombres, cargados de responsabilidades, no tenían derecho a vincularse con mujeres inteligentes, ni siquiera por matrimonio.

Un matrimonio con una mujer inteligente obligada a permanecer en segundo plano está condenado al fracaso; la unión más acertada será, por tanto, con una mujer modesta de vocación hogareña, que se contenta con la rutina casera cotidiana y que, sin embargo, está siempre preparada para recibir al cónyuge.

Creo que, en el caso de Eva Braun, su encanto e inteligencia innegables representaban únicamente las cualidades que daban forma a su satisfactoria alianza con Hitler.

No deja de ser asombroso que a pesar de la presión hostil de parientes y amigos, Eva experimentó, mientras estuvo con Hitler, una transformación completa que, aunque no hizo de ella una «gran mujer», la convirtió ciertamente en «señora».

Eva era hija de un profesor universitario y había recibido una educación sólida. En la niñez visitó [sic] un colegio de monjas. La primera impresión que me produjo fue que se trataba de una mujer que había sido trasladada de repente al ruido y ajetreo del mundo, y con ellos vinieron los vestidos elegantes, el lujo, las joyas y los cambiantes estados de ánimo que tenían que tolerarle ciertos invitados. Con el paso de los años, en particular durante los primeros de la guerra, su carácter pareció cambiar por completo, se volvió más seria y se ocupó más de los asuntos domésticos de la Berghof y de la casa muniquesa de Hitler. Por aquella época se esforzaba por comprender y, tal vez, por compartir las intenciones e ideas del Führer. Con este fin se dedicó a la lectura y a mejorar sus conocimientos y su educación en general.

Un extraño que la hubiera conocido por entonces habría pensado que estaba ante una joven algo malcriada que, aunque no era una «gran» personalidad, tenía encanto, elegancia y vitalidad. Habría sido inimaginable pensar a primera vista que aquella amable joven fuera a tener un carácter tan fuerte, y más bien se esperaba que fuese una mujer bondadosa y complaciente.

No hay ninguna duda de que Eva estaba profundamente enamorada de Hitler, al que llamó Mein Führer hasta los últimos años.

Es verdad que, en términos generales, Hitler no era el amante completo que ambicionaba el corazón joven y romántico de Eva, pero era el hombre que la protegía y cuidaba como un padre. Hitler procuró siempre que la vida con él fuera para ella lo más placentera y satisfactoria posible.

La colmaba de ternura y atenciones y le dejaba disfrutar de todas las pequeñas satisfacciones diarias que ofrecía la vida en la Berghof. Es indudable que a Eva tuvo que resultarle difícil encajar en la rutina diaria de Hitler. La jornada del Führer se consumía principalmente en una sucesión de conferencias que se prolongaban hasta bien entrada la noche.

Después de cenar, el pequeño y cerrado grupo podía dedicarse por fin a las charlas privadas, hasta la madrugada.

Incluso entonces, Hitler se retiraba a su cuarto de trabajo, para leer las noticias y los informes de última hora.

Me parece muy dudoso que Eva representara algún papel en los planes políticos o que tuviera alguna influencia política.

Puede que en tal o cual ocasión utilizara la influencia que tenía sobre Hitler para ayudar a tal o cual amigo, o para hablar en su nombre, pero no tenía proyectos personales ambiciosos.

Preguntar si Hitler fue fiel a Eva es ridículo. Para un hombre de su importancia, cuyos movimientos se hacían públicos inmediatamente, habría sido imposible obrar de otro modo. Eva Braun no tenía ningún motivo para dudar de su fidelidad, porque mientras fuera la elegida, tenía poco que temer. A fin de cuentas, él había hecho mucho por ella, la había sacado del anonimato y puesto en el lugar más alto, junto a él. Hitler y su Eva estaban ciertamente unidos por una profunda comunicación sentimental, y lo demuestra que se casara oficialmente con ella al final, durante las últimas horas del 30 de abril de 1945. (Esto lo dijo la prensa.)

Es completamente natural que Hitler estuviera rodeado de más mujeres, pero la circunstancia no tenía ningún significado especial. Entre estas mujeres estaba Leni Risfenstahl.31 Hitler quiso seguir soltero por dos motivos que a menudo expresaba con palabras.

El primero era que él parecía creer que Eva Braun no era la persona idónea para presentarse ante la nación como esposa del jefe del Estado.

El segundo, sin duda el más decisivo, era que Hitler deseaba mantener viva, en el corazón del pueblo alemán, la fantasía de que mientras estuviese soltero, siempre habría esperanzas para millones de alemanas de obtener la alta distinción de estar a su lado. Hitler creía que esto era psicología profunda e incluso hablaba de ello en presencia de Eva.

Según la prensa, Hitler tuvo dos hijos con Eva. En realidad no tuvieron hijos, y a Hitler se le oyó decir a menudo que los hijos de los hombres célebres lo tenían todo en su contra en la vida.

Los dos hijos atribuidos a Eva eran probablemente los de una señora apellidada Schneider, una amiga de Eva que había residido muchos años en la Berghof.

Eva Braun tiene dos hermanas. Una es Gretel Braun, que se casó con el Gruppenführer Fegelein el año pasado, y la otra Ilse Braun, que se casó en Breslau. La segunda no tuvo ningún papel destacado en la vida de Eva y las dos se vieron muy poco. Gretel, sin embargo, vio mucho a Eva en la Berghof y compartieron una pequeña mansión en Munich, en la Wasserburgerstrasse. Eva recurría mucho a su hermana menor, que la servía casi como si fuese su doncella personal, y representaba el papel de «gran señora» incluso en el reducido círculo de su familia. Sus padres eran personas modestas que llevaban una vida solitaria y nunca estuvieron en el primer plano de los intereses de Eva.

Al estallar la guerra, el padre de Eva quiso enrolarse en el ejército, aunque era ya un anciano retirado, y al final le dieron el empleo de pagador.

Gretel Braun era de carácter desprendido y bondadoso, pero se dejaba influir fácilmente por los demás. Es muy probable que contrajera matrimonio más en un arrebato de fantasía que guiada por el principio del amor.

Hitler apreciaba a Gretel y le gustaba su compañía. A menudo charlaba con ella a solas y disfrutaba con el «sentido práctico» que la caracterizaba. Entre los invitados que frecuentaban la Berghof había una señora llamada Marion Schönmann. Su marido era arquitecto en Munich y aparecía poco por la Berghof. Marion conocía a Hoffmann y era amiga de Eva Braun. Era de origen austriaco y a través de cierta «tía Lu» estaba estrechamente relacionada con círculos de la Ópera de Viena. Gracias a sus recuerdos de la época de la juventud de Hitler sostuvo muchas charlas con éste. Nunca se hablaba de sus padres. Entendía mucho de arte y tenía un conocimiento de su historia insólitamente amplio. Con su notable agudeza y una inteligencia por encima de la media, daba la pauta de las conversaciones femeninas cuando estaba en la Berghof. Por su viveza y animación era una vienesa típica. Esta señora cuarentona Hitler habría dicho «ni siquiera de cuarenta» tenía una experiencia de la vida infinita y la rara virtud de ser capaz de influir en el Führer. Era una conversadora excelente y siempre sabía indicar su posición en las discusiones con palabras muy selectas, aunque fueran contrarias a las conocidas convicciones de Hitler. No vacilaba en criticar los defectos de cualquier destacado dirigente del partido. Y es lógico que mostrara un interés concreto por la situación imperante en Viena (Schirach) y en Munich. Cuando las discusiones se ponían demasiado serias, Hitler solía llevarlas a canales más ligeros y defender los intereses de sus hombres. En ocasiones se volvían demasiado acaloradas, pero Hitler trataba el asunto con mucho tacto y la señora Marion no rebasaba los límites de la buena educación. En los últimos tiempos se hizo patente cierta fricción entre Hitler y Eva en la que Heinrich Hoffmann tuvo algún papel.

Hay que subrayar que la relación de Hitler con Marion no parece que suscitara los celos de Eva. Sin embargo, para que no se enrareciera el ambiente, Marion se mantuvo alejada de la Berghof, exceptuando unas cuantas visitas ocasionales. Cabe la posibilidad de que las conversaciones molestaran de algún modo a Hitler, porque éste no solicitó su presencia. Había otras mujeres con mucha menos influencia en su vida que se limitaban a estar cerca de sus maridos, porque era deseo de Hitler que los cónyuges vivieran juntos si podían. Cuando se reformó la Berghof, se añadieron las habitaciones correspondientes para que los ayudantes alojaran allí a sus mujeres.

Los ayudantes y segundos de Hitler dispusieron de espacio suficiente para instalarse con sus esposas cuando terminó de construirse la nueva Berghof. Mi mujer, Anni Brandt, pertenecía a este círculo. Conocía a Hitler desde 1925 y, dicho sea de paso, fue campeona de natación de Alemania durante varios años seguidos. Hitler la trató siempre con cordialidad, pero ella no tenía interés por destacar. La señora Speer estaba en una situación parecida. No representó nunca ningún papel político y era conocida por su discreción. Tanto la señora Speer como la mía trataron a Eva Braun con más confianza en los últimos años que cuando se habían conocido. El profesor Morell y su mujer entraron en el círculo de amigos de Hitler en 1935. Los dos se esforzaban por estar en buenas relaciones con Eva Braun y, a diferencia de los demás huéspedes, la colmaban de regalos (bolsos, joyeros, etcétera). Hasta entonces no había sido costumbre hacer esto en la Berghof. La señora Morell, cuyo pasado no era de los que enorgullecen, tenía poco en común con los demás invitados y quizá por este motivo se aferraba a Eva Braun. Puede que con este contacto quisiera ayudar a su marido, que aspiraba a dirigir una empresa farmacéutica. Como mujer y como ser humano me causó poca impresión. La mujer del jefe nacional Bormann aparecía por la Berghof muy de tarde en tarde. Era tan modesta que se quedaba siempre en segundo plano. Además, su marido le habría prohibido manifestar cualquier rasgo de independencia. Vivía con sus ocho hijos en una casa situada a unos minutos de la Berghof.

Ninguna otra tuvo un papel digno de nota. La señora Von Bülow, una persona muy vital y entusiasta, gozaba de mucha celebridad. En general, sin embargo, no había lazos personales entre estas señoras y Eva Braun y Hitler.

Las secretarias de Hitler tenían un papel propio. Esto se debía no sólo a que acompañaban alternativamente [sic] a Hitler en sus viajes y, por tanto, estaban presentes en los acontecimientos importantes, sino también a que pertenecían al círculo privado y participaban en la vida social de la Berghof. Por ser la más veterana, la secretaria personal de Hitler era la señorita Johanna Wolf, que antes lo había sido de Dietrich Eckart. Tenía cualidades humanas muy características. A pesar de su elevada posición, la señorita Wolf llevaba una vida muy humilde y, cuando el trabajo se lo permitía, se quedaba con su octogenaria madre. Fue una persona útil en todas las ocasiones e hizo alarde de muchísimo tacto zanjando polémicas ocasionales. A veces daba muestras de un gran sentido del humor, no obstante ser una mujer algo melancólica.

Fue una leal colaboradora de Hitler y le dio lo mejor de sí misma, a pesar de su estado de salud. A causa de sus problemas de corazón y vesícula, las secretarias más jóvenes la desplazaban y no siempre con buenos modos. Hitler se prepocupaba mucho por su bienestar y porque tuviera las revisiones médicas, los tratamientos y las terapias de rigor. Daba la sensación de que a causa de su natural taciturno y bondadoso se había creado una especie de vínculo afectivo entre Hitler y ella. Otro factor que contibuía a la excelencia de sus relaciones con él era su carácter abierto y excepcionalmente franco. Al principio de la guerra, Hitler tenía dos secretarias, la señorita Wolf y Christa Schröder. Las sustituyó en contadas ocasiones la señorita Daranowski.

La señorita Schröder tenía mucho talento y la rara virtud de saber tratar a la gente. Por otro lado, era una persona muy crítica. Su perseverancia era enorme y, por poner un ejemplo, recuerdo que le dictaban durante varios días con sus noches, sin parar. Hasta el último día [de su actividad como secretaria] expresó sus opiniones sin vacilar, aunque fueran contrarias a las convicciones de Hitler. En ocasiones estallaba alguna polémica por este motivo y la señorita Schröder se apartaba de la Berghof, o la apartaban. Aunque esta situación le creaba dificultades, no renunció a su derecho a criticar a Hitler hasta extremos peligrosos.

Ni como ser humano ni, desde luego, como mujer, llegó a tener una relación estrecha con Hitler. En los últimos años estuvo constantemente en tratamiento médico. Tenía problemas hormonales y seguía una terapia larga y continua en diferentes clínicas. La querían tanto sus colegas como los colaboradores de Hitler.

A causa del régimen de trabajo durante la guerra, acabó adoptando una especie de servilismo campesino.

La señorita G. Daranowski, que se casó con el general Christian, uno de los últimos ayudantes de Hitler para asuntos de aviación, desempeñó un papel especial en el círculo de las secretarias. Era una mujer moderna que tenía muchísima vitalidad. Se le notaba el deseo de complacer. Profesionalmente era eficaz y aunque su paciencia era comparable a la de la señorita Schröder, su carácter era diametralmente opuesto. Cuando hablaba con Hitler, siempre estaba de acuerdo con él y evitaba toda clase de polémicas. No hay duda de que tenía una influencia femenina en él.

Se esforzaba al máximo por potenciar estos aspectos. No la movían motivos altruistas, sino la resolución de tener un papel concreto cerca de Hitler o de conseguir algún privilegio personal. En este apartado hay que citar su matrimonio con el futuro general Christian, que fue nombrado jefe del Departamento Operativo de la Luftwaffe por orden de Hitler y contra los deseos e intereses de Göring. Es de creer que la señorita Daranowski, que siguió siendo secretaria de Hitler incluso después de casarse con el general, tuvo un papel decisivo en este nombramiento.

Sus relaciones con Eva Braun eran tensas, como es lógico. Hitler lo sabía. Este hecho, sin embargo, no se hizo notar durante aquellos años, y en las ocasiones en que Hitler estaba en el cuartel general, estuvieran las secretarias donde estuviesen, la señorita Daranowski era siempre el centro de la atención en las charlas informales que se celebraban por la noche. Indiscutiblemente hay que achacar a su influencia el que Hitler sin duda, a causa de sus insinuaciones en relación con la mala salud de la señorita Wolf y de la señorita Schröder apartara de su lado a estas dos secretarias y las enviara a clínicas donde permanecían mucho tiempo.

La señora Christian no parece que fuera particularmente afectuosa con su marido. (Es evidente que cualquiera puede equivocarse en este punto.) Se molestaba poco por los tres hijos que había tenido durante su matrimonio anterior. Estaban juntos unos días, los enviaba con sus abuelos y allí se quedaban. Lo que pasaba era que la señora Christian coqueteaba con la idea de ser «madre» de tres niños y con las difíciles obligaciones que tenía ante sí.

Un antiguo criado de Hitler, Junge, contrajo matrimonio con una secretaria enviada como ayudante por la secretaría del Führer. La señora Junge, natural de Munich y muy joven para tan privilegiada posición, brilló inmediatamente en el nuevo entorno. Con su amabilidad y encanto, tenía la palabra justa para todos. Muy pronto pasó a ser de los miembros del círculo de Hitler que más se echarían de menos. Combinaba una ingenuidad probablemente forzada con la lozanía y espontaneidad de la juventud. Era lista, por no decir «maliciosa». Aunque deseaba tener un papel propio, no competía con sus colegas ni las desacreditaba. Hitler la apreciaba, aunque la trataba con un talante más bien paternal. A menudo señalaba lo mucho que llegaría a parecerse a la señorita Braun.

La señorita Martiali era de Innbsruck. Su padre era griego; su madre, tirolesa. Había estudiado en una escuela de economía doméstica y estaba temporalmente con el profesor Zabel en Berchtesgaden. Éste había prescrito el año anterior la dieta vegetariana de Hitler cuyos componentes solía enviar a la Berghof desde su clínica. La señorita Martiali iba a veces a la cocina a preparar las comidas. Hitler tenía crecientes problemas intestinales y como la ayudante dietética (una medio judía) que le había enviado Mariscal Antonescu estaba ausente, la elección recayó en la señorita Martiali. Era de aspecto vulgar y siempre pasaba inadvertida. Era increíblemente humilde y discreta, pero a veces estaba presente en los tés vespertinos del cuartel general. Sólo hablaba cuando le preguntaban. Le costaba conseguir que las comidas de Hitler fueran nutritivas y variadas, ya que contaba con pocas posibilidades. Por ejemplo, le preparaba dulces con un esmero infinito. Hitler valoraba y agradecía aquella atención personal. No pasaba un día sin que lo sacara a relucir y hablaba con frecuencia de la siguiente comida y de las sorpresas que le reservaba la señorita Martiali. Era casi como si la conocida expresión de que «al hombre se le conquista por el estómago» fuera verdad en este caso. Hitler, que casi siempre comía solo, la invitaba a menudo a su mesa con el pretexto de que debía probar sus propios platos. Llegó tan lejos esta costumbre que, estando en Berlín, la señorita Braun quedaba relegada y tenía que comer sola mientras Hitler comía o cenaba con la señorita Martiali o, en otras ocasiones, con una u otra secretaria. La señorita Martiali era consciente de su posición y en consecuencia quiso tener un papel decisivo. Es imposible saber hasta dónde lo consiguió. Se sabe, sin embargo, que a causa de este particular surgían a veces diferencias entre Hitler y la señorita Braun, aunque ninguna movió a Hitler a efectuar ningún cambio.

Las mujeres mencionadas más arriba, como las señoritas Wolf o Schröder, desempeñaron durante la guerra un papel distinto del que habían tenido antes. Que se enrolaran como mujeres significaba que tenían que acostumbrarse a una forma de vida más ruda. Desde un punto de vista masculino desempeñaban un papel especial. Proporcionaban un entretenimiento agradable incluso a Hitler, sobre todo por la noche. Cuando acababan las conversaciones sobre la situación, a medianoche e incluso a las dos de la madrugada, empezaban los llamados «tés». Todas las mujeres participaban o acudían alternativamente [sic]. Algunas habían dormido ya, así que estaban despejadas y animadas. También asistían algunos miembros del servicio personal de Hitler y sus ayudantes militares, pero eran los únicos soldados. Había unos ocho sillones alrededor de una mesa redonda y en ellos se sentaban los invitados solteros. La señorita Daranowski se ponía casi siempre a la izquierda de Hitler, cuya derecha ocupaba otra mujer, en los últimos tiempos la señorita Martiali. Los temas de conversación eran variados, naturalmente. A veces se comentaba un suceso de gran importancia, pero por lo general se tocaban trivialidades. No puede pasarse por alto que el perro lobo de Hitler tenía un papel totalmente insoportable en aquellas veladas.

La casa que tenía Hitler en Munich, en la Prinzregentenstrasse, estaba al cuidado de un matrimonio apellidado Winter. El marido se encargaba de todos los detalles de la vivienda, de las reparaciones, etcétera, pero el trabajo principal lo hacía la señora Winter, que tenía el cargo de ama de llaves. Hacía mucho que conocía a Hitler. Era de procedencia humilde. Mantenía la casa, de cinco habitaciones, en orden, y cuidaba de Hitler en lo que no era competencia de los criados de sexo masculino cuando estaba en la ciudad. Le preparaba comidas sencillas, consistentes sobre todo en huevos, verduras y ensaladas. Además, y por encima de esta actividad, desempeñaba cierto papel porque le contaba todos los chismes de Munich y le ponía delante muchas solicitudes y asuntos que se le dirigían. Las cuestiones graves, como es lógico, las pasaba a la secretaría. Todo ello, indudablemente, le daba una posición clave, aunque fuera pequeña, desde la que podía influir en Hitler a propósito de determinadas personas o de sus actividades. Se tenía la impresión de que Hitler concedía importancia a las opiniones de esta señora y de que a menudo le pedía su parecer. Cuando estos detalles se conocieron, se supo que ciertas personas influyentes trataban con mucha cortesía y consideración a esta mujer que no tenía nada de sencilla. El Gauleiter Wagner, por ejemplo, le hacía llegar entradas de teatro. Ella adoptaba la actitud de señora que se moviera en los círculos más altos, pero tenía buen corazón y ayudaba a muchas personas humildes a obtener ciertos servicios y a conseguir entrevistas, incluso con Hitler. Sus relaciones con la señorita Braun, de la que también cuidaba, eran buenas. Atendía las llamadas telefónicas, y este hecho hacía ya que su posición fuera de confianza. La conocían bien en todo Munich, y donde no la conocían, ella misma se apresuraba a remediarlo.

Hitler mencionaba en sus conversaciones a ciertas mujeres que le llamaban la atención por sus particularidades o su personalidad. Si en primer lugar hay que mencionar a la señora Hess es por lo mucho que Hitler la detestaba. Cuando se presentaba la ocasión de emitir un juicio adverso, ella era el blanco. Decía que era una modalidad de «marimacho» que por ambición quería dominar al hombre y en el proceso casi perdía la feminidad. Su interés por la artesanía, que no compartía con Hitler, resulta curiosa, pero carece de importancia. Cuando, tras muchos años de matrimonio, tuvo un niño al que se entregó con devoción, Hitler calificó sus sentimientos de «teatrales».

Fue la primera en llamar «jefe» a Hitler y por este nombre se le conoció durante muchos años en su círculo de colaboradores inmediatos. No se sabe si había otras razones, de índole personal, para explicar las malas relaciones que había entre Hitler y la familia de su antiguo lugarteniente. Es probable que esta inteligente mujer de actitud sobria nunca tuviera ninguna afinidad con un hombre del calibre de Hitler.

Había en Munich otra mujer, la señora Troost, a la que Hitler había concedido el título de «profesora». Era esposa del arquitecto Troost que había proyectado los edificios del NSDAP y el Haus der Kunst [museo] de Munich. La señora Troost, aunque carente de encanto exterior, tenía una inteligencia por encima de lo normal. Ambiciosa y lista, sabía la manera, gracias a los intereses intelectuales que compartía con Hitler, de representar un papel destacado, si no el principal, en los círculos artísticos de Munich. Era lógico que en dichos círculos se la temiera y fuera duramente criticada. Tenía una notable sensibilidad para el color y en la continuación de la obra de su difunto esposo ha influido en todos los aspectos cromáticos de los nuevos edificios públicos de Munich y en su arquitectura interior. Sabía exponer a Hitler los efectos de las gradaciones de color, y como le gustaban tanto los colores recios de la época de Makart como los matices más delicados, le costaba poco coincidir completamente con Hitler. Cada vez que éste iba a Munich, si podía se dejaba caer al poco de llegar por el «Atelier Troost», donde se quedaba charlando durante horas con la señora Troost y su colega el profesor Leonhard Gall, de cosas en general, pero sobre todo de temas relacionados con el arte. No es de extrañar que la señora Troost fuera una invitada casi permanente a las sencillas comidas que se celebraban en la Osteria Bavaria de la Briennestrasse. Como solía ser la única mujer presente, se sentaba a la derecha de Hitler y desde allí dirigían los dos la conversación.

Al círculo de Munich pertenecían también dos mujeres mayores. Una era la señora Bruckmann, viuda del editor de libros de arte, a la que Hitler visitaba a veces. Las horas que pasó con esta inteligente mujer que andaba ya por los setenta y tantos años tuvieron siempre un valor especial para Hitler. Aunque es indudable que sus charlas girarían alrededor de recuerdos, él valoraba tanto el enfoque que esta mujer daba a las cosas que luego hablaba durante algún tiempo sobre el particular e incluso lo sacaba a relucir al cabo de unas semanas.

Lo mismo puede decirse en relación con la señora Hoffmann, que a pesar de haber rebasado los ochenta seguía siendo una mujer fuerte y tenía un cariño especial a Hitler. Éste no dudaba en desplazarse de Berlín a Munich para felicitarla personalmente por su cumpleaños. La señora Hoffmann estuvo entre los primeros que se afiliaron al partido en Munich y para Hitler formaba parte de él. Ninguna de estas dos señoras desempeñó ningún papel político.

La visita de ocho días a Bayreuth para asistir al festival wagneriano representaba una interrupción especial de las actividades del año. Hitler se alojaba en un anexo de la casa Wahnfried, por lo general solo, con su ayudante Schaub, o Brückner, y un criado. En la planta baja del anexo había un comedor grande, para veinticinco o treinta personas, un salón de tamaño proporcional y una terraza que daba al viejo jardín. El anexo comunicaba con Wahnfried, donde vivía la familia Wagner, por un camino cubierto. La semana del festival era para Hitler, al margen de las emociones musicales que le produjeran las óperas, una prueba de su amistad con la familia Wagner. Tenía relaciones cordiales con todos desde que los niños eran muy pequeños. Fue entrando en la intimidad del círculo familiar conforme los niños crecían. Siempre estaba preparado para ayudar a la señora Wagner con palabras y con hechos. Hacía mucho que existía una fuerte amistad intelectual entre Hitler y esta mujer prudente y de inteligencia prodigiosa. Puede que tuviera algún papel en todo esto la actitud independiente ante la vida y sus objetivos que dominaba en la casa Wahnfried, pero, por encima de todo, la influencia decisiva la ejerció la personalidad de la señora Wagner. Es difícil decir hasta qué punto se complementaban estos dos complejos caracteres. Los dos veneraban profundamente a Richard Wagner y su música. Quizá fuera éste el factor decisivo por el que se había casado con Siegfried Wagner. Entonces era muy joven y sin duda estaba muy influida por el gran Richard Wagner. También es lícito suponer con alguna seguridad que la presencia de la señora Cosima Wagner, llena de vitalidad incluso en su larguísima vejez, tuviera peso en este círculo. A las veladas sociales de Wahnfried acudía la más dotada gente del teatro, elevando a un nivel extraordinario lo más brillante de la vida artística de Alemania. Conviene subrayar esta atmósfera artística para entender que era inevitable que atrajese a Hitler. Nada más lógico que la señora Wagner dominara este círculo, porque había tenido que luchar en condiciones muy difíciles para conseguir que el Festival de Bayreuth recuperase su forma primitiva. No sabría decir si ella misma había buscado las relaciones con Hitler por este motivo. Si fue así, ello nos hablaría más de la astucia de la señora Wagner que de la nobleza de su carácter. Sí quiso influir en las ideas políticas del Führer, pero como se veían muy poco, su influencia tuvo que ser escasa, y más en las ocasiones críticas. Como su círculo de conocidos era amplio, ella misma solía formular las peticiones, y como casi todas pasaban por mis manos, sé que la mayoría se refería a la opresión política ejercida sobre personas de sangre semijudía. En estos casos, Hitler procuraba siempre resolver el asunto en el sentido deseado por la señora Wagner. Los rumores de que las relaciones de ambos eran íntimas carecen de todo fundamento.

Todos los hijos de la señora Wagner, exceptuando a la hija mayor, Mouse, eran devotos de Hitler. Ésta, aunque tan inteligente como sus hermanos, había sido eclipsada por su encantadora hermana Verena. Hitler, que sin duda se daba cuenta de esta situación, aumentaba la tensión en vez de evitarla o reducirla. Llegó un momento en que la hija mayor, probablemente dolida por algún episodio concreto, se trasladó a Suiza y allí se dedicó a criticar abiertamente a Hitler. Lo que publicó la prensa indica lo lejos que fue. Apelaba a su origen, que, según ella, justificaba su actitud. Como su madre era inglesa, se consideraba inglesa en la misma medida en que sus hermanos se consideraban alemanes. Esta cuestión no se mencionaba nunca en Wahnfried delante de terceros. Es indudable que Hitler veía una especie de alta traición en esta actitud de la hermana mayor y la condenaba en consecuencia. Tampoco él hablaba de este asunto fuera del círculo íntimo, pero de vez en cuando lo recordaba para condenarlo con la mayor energía.

Hitler apenas tenía relación con su propia familia. Durante los años 1932, 1933 y 1934 su hermana Angelika le cuidó la casa Wachenfeld, que más tarde fue la Berghof. En esta pequeña casa se la consideraba el ama de llaves y hacía lo posible por hacerle la vida agradable a su hermano, al que adoraba. Lo cuidaba con abnegación maternal y es indudable que Hitler apreciaba aquella actitud en lo que valía. A causa de un conflicto cuyo origen se desconoce, pero que se disolvió con el tiempo, Angelika se fue de Wachenfeld, que aproximadamente fue cuando se volvió inhabitable a causa de las reformas. La señora Raubal se casó entonces con cierto profesor Hamitsch del Instituto Técnico de Dresde, y se mantuvo lejos de Hitler durante mucho tiempo. Hitler, en cambio, hablaba a menudo de ella y de sus «dotes» para dirigir la casa. También hablaba con frecuencia de su madre, a la que veneraba. Decía que había sido una mujer sencilla e increíblemente bondadosa que había criado a sus hijos con muchas dificultades y paciencia y que siempre había estado dispuesta a ayudarlos. «Qué desgraciada se habría sentido si hubiera visto a su hijo en esta posición y con esta responsabilidad; es probable que esta mujercita ni siquiera se hubiera atrevido a visitarlo.» Quería plasmar su amor por su madre en algo visible y quería que el arquitecto Giessler levantase en Linz, a orillas del Danubio, un alto campanario, que sería la base para la construcción de un mausoleo que contendría los restos de sus padres.

Fdo. Dr. Karl Brandt

Fuente: http://www.tusquets-editores.es/lib_ficha_prn_lectu.cfm?Id=1664

3 comentarios:

Txema dijo...

Un testimonio verdaderamente interesante y prolijo. La relación de Hitler con las mujeres ha dado lugar a todo tipo de comentarios.

Incluso he leído un libro en el que se afirma que Hitler era homosexual. "El secreto de Hitler" se titula.

Es curioso pero nadie más, que yo sepa, de los que se ha dedicado al estudio de Hiter han dicho nada semejante sobre ese asunto.

Creo que es poco creíble.

saludos

Ana dijo...

Yo tampoco creo esa afirmación sobre Hitler. Muchos se han agarrado a un clavo ardiendo para explicar su comportamiento. El ser humano tiene la necesidad de explicar el Mal a toda costa.
El contexto social, educacional, sexual no son razones suficientes para que un individuo eche mano de la violencia y, menos cuando la violencia se ejerce en masa. Si fuera así, estaríamos llamando criminales a millones de personas que viven en situaciones verdaderamente precarias e inhumanas. Parece ser que la cultura occidental no es capaz de explicarse el arrebato homicida si no es como enfermedad individual o cortocircuito mental o, incluso, como salida a complejos, frustraciones y malos tratos del individuo que usa la violencia.

Txema dijo...

Tienes toda la razón. Siempre me ha llamado la atención eso que comentas.

saludos