jueves, 10 de octubre de 2013

Enfermeras de día, nazis y asesinas de noche


A pesar de los juicios realizados tras la Segunda Guerra Mundial contra los criminales que ayudaron a cometer el genocidio judío, muchos de ellos consiguieron escapar y evitar su procesamiento. No sólo aquellos que huyeron a otros países y adoptaron nuevas identidades para huir de la justicia. También todos los que tuvieron un papel secundario en el mismo, o que habiendo participado activamente nadie fue capaz de identificar o poner nombre. Especialmente relevante es el caso de las mujeres nazis, ya que pocas de ellas fueron juzgadas, lo que ha hecho que se reste importancia al papel fundamental que pudieron jugar en la ejecución de un gran número de crímenes.
Trece millones de mujeres militaron activamente en el partido nazi, y más de medio millón acudieron a países como Ucrania, Polonia o Bielorrusia excediendo las funciones para las que fueron enviadas, pero ¿tomaron partido en las matanzas a judíos? Eso es lo que se plantea Wendy Lower en Las arpías de Hitler (Editado por Memoria Crítica). Gracias a un arduo trabajo de documentación y búsqueda de datos y testimonios, Lower consigue ofrecer un poco de luz respecto a este tema.
Aunque los juicios a mujeres nazis no fueron especialmente numerosos, Las arpías de Hitler recuerda que muchos de los supervivientes del Holocausto identificaron a las personas que los acosaron, violaron y torturaron como señoras alemanas que nunca pudieron encontrar al desconocer sus nombres. Además, los estudios realizados posteriormente han advertido que el genocidio no habría sido posible sin una amplia colaboración de la sociedad. ¿Quiénes fueron esas mujeres que ensuciaron sus manos con la sangre de los prisioneros?
Maestras, enfermeras, secretarias y esposas
La creencia más extendida es que las únicas que cometieron crímenes fueron las guardianas de los campos de concentración, mientras que el resto tuvo un papel secundario en la historia del nazismo. Sin embargo la realidad es bien distinta. Cuando los alemanes avanzaron hacia el este, medio millón de mujeres les acompañaron y alcanzaron un poder sin precedentes que les dio libertad para hacer con los prisioneros lo que quisieran. Maestras, enfermeras, secretarias y esposas, esas eran las funciones que originariamente tendrían que realizar todas aquellas que acudían junto al ejército. Finalmente, muchas de ellas decidieron, voluntariamente, colaborar directamente con las SS.
Miembros de la Liga de Muchachas Alemanas disparando como parte de su entrenamiento (1936)Miembros de la Liga de Muchachas Alemanas disparando como parte de su entrenamiento (1936)
Las arpías de Hitler incide constantemente en un dato fundamental: ninguna de las mujeres que describe tenían la obligación de matar. Negarse a asesinar judíos no les habría acarreado ningún castigo. Es más, el régimen no formaba a las mujeres para convertirse en asesinas, sino en cómplices. Por tanto, las que finalmente decidieron realizar dichos crímenes lo hicieron o por satisfacción personal o por obtener un beneficio de aquellas acciones.

De hecho, las primeras matanzas cometidas por los nazis las protagonizaron las enfermeras de los hospitales, que exterminaron a miles de niños por desnutrición, o incluso con inyecciones letales, aunque la mayoría de ellas nunca pagaron por sus delitos.
Es el caso de Pauline Kneissler, cuya tarea consistía en portar una lista de pacientes que posteriormente debían ser matados. En un solo año (1940) el equipo en el que trabajaba Kneissler en Grafeneck asesinó a 9.389 personas. Ella fue testigo directo de cómo los gaseaban y prestó su ayuda a la hora de administrar la inyección letal a muchos pacientes durante cinco años. Pauline fue una de las mujeres que, posteriormente, se trasladó al este para continuar con su ola de crímenes.
Sin embargo, allí no fueron las enfermeras las que cometieron los asesinatos más sádicos, sino las secretarias y las esposas de los miembros del partido nazi. Entre las primeras destaca el nombre de Johanna Altvater, que desarrollaba su puesto en Minden, Westfalia, antes de ser trasladada a Ucrania. Allí, en 1942, Altvater comenzó su descenso a los infiernos, llegando incluso a asesinar a un niño judío de dos años golpeando su cabeza contra un muro para arrojarlo sin vida a los pies de su padre. Este posteriormente llegó a declarar que nunca había visto tal sadismo en una mujer, una imagen que nunca pudo borrar de su mente.
Crímenes ante seres indefensos, prisioneros, mujeres e incluso niños. La mujer nazi tampoco tuvo piedad, como no la tenían sus compañeros masculinos. Aprendieron bien la lección de qué era lo que había que hacer y no dudaron ni un solo momento. Así le ocurrió a Erna Kürbs Petri, hija y esposa de granjero que junto a su marido Horst (miembro de las SS) se encargaba de dirigir una finca agrícola. Un día, Erna Petri vislumbró algo cerca de la estación de Saschkow. Cuando su carruaje se acercó se dio cuenta de que eran varios niños judíos escondidos que habían conseguido huir.
Mitin del Partido Nazi en Berlín (Agosto de 1935)








Petri les pidió que se acercaran y los llevó a su casa. Allí les dio de comer y los tranquilizó. Pero todo esto sólo fue parte de su siniestro plan. Al ver que su marido no regresaba a casa, ella decidió terminar el trabajo que él habría  hecho. Llevó a los niños hasta una fosa donde ya se había asesinado antes y los colocó en línea, dándoles la espalda. Cogió la pistola que su padre le había regalado y uno a uno los fue matando a sangre fría. Ni siquiera los gritos desconsolados de los que vieron cómo caía el primero ablandaron el corazón de Erna.
Estos son sólo tres de los muchos casos que Wendy Lower presenta en Las arpías de Hitler. Relatos que encogen el corazón y muestran hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. Como la propia autora dice al finalizar su libro, nunca sabremos todo sobre el nazismo y el Holocausto, esto es sólo una historia más en un puzle con infinitas piezas de crueldad.
Fuente: http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-10-07/enfermeras-de-dia-nazis-y-asesinas-de-noche_37151/

3 comentarios:

Marta Merajver dijo...

Gracias por decir lo que pocos tienen en cuenta, Ana. En el imaginario colectivo existe la creencia de que las mujeres crueles pueden superar ampliamente a los hombres, y yo pienso que algo de eso hay, aunque ignoro el porqué. El fenómeno del nazismo habría sido imposible sin una sociedad que lo respaldara ampliamente, y aquellas mujeres desmpeñaban un rol clave, ya fuese público como el que describes, o privado, echando fuego a la hoguera de odio mediante palabras de aprobación vertidas en los oídos de maridos e hijos.
Puedo, sin embargo, hablar de al menos una excepción, una enfermera diplomada a quien conocí, que por ayudar subrepticiamente a los internos de un campo de concentración fue salvajemente herida con bayonetas y arrojada al campo a compartir la suerte de sus protegidos. Salvó la vida porque el campo fue liberado por los aliados al corto tiempo, pero las experiencias espeluznantes que vivió a manos de sus antiguas colegas la marcaron igual o más que las heridas en su cuerpo.

Ana Rubio Serrano dijo...

Gracias Marta por tu comentario. Creo que nunca nos podremos hacer la idea de la magnitud de la sinrazón del Holocausto. Marta, perdona si te pongo en un aprieto, pero me gustaría que nos pudieras explicar la historia de esa enfermera con más detalle. En medio del horror también hay personas que nos pueden inspirar y hacernos interpelar y, creo que vale la pena que podamos saber su historia.
Si puedes, enviame el escrito y lo publicaría en mi blog con tu nombre como una entrada y no como un comentario. Un fuerte abrazo, Ana

Marta Merajver dijo...

Por supuesto que sí, Ana, y muchísimas gracias por dar la oportunidad de que esta historia se conozca. La próxima semana te la envío.
Abrazo enorme, Marta.