viernes, 18 de octubre de 2013

EL HORROR DESCONOCIDO


Marta Merajver-Kurlat, profesora de Lengua y Literatura Inglesa, Escritora, Traductora y Psicoanalista argentina nos obsequia con un relato personal que nos abre nuevas visiones de diferentes realidades dentro de una misma Realidad. El relato está cargado de mucha emotividad, cariño e interrogantes; ¡no todo está dicho! Desde aquí, Marta, mi agradecimiento por esta tan valiosa intervención, que espero que sea la primera de otras muchas.


EL HORROR DESCONOCIDO

La conocí en la Universidad de Londres, hace ya muchos años. Lo primero que llamó mi atención fue su edad, muy por encima de la del resto de mis compañeros en aquella clase de literatura del siglo XIX. Luego, su marcado acento alemán, rebelde a sus intentos por disimularlo. También su retraimiento de todo contacto con nosotros, pero muy especialmente un detalle de su vestimenta que, en mi atolondrada juventud, atribuí a un capricho excéntrico, a una paradoja mediante la cual llamaba la atención al tiempo que intentaba pasar lo más desapercibida posible. Hablo de un foulard que cubría su cuello desde el mentón hasta las clavículas, sin importar la temperatura.

Éramos compañeras de banco. Me molestaba sobremanera que Margot –así se llamaba– no levantara la vista de sus papeles y libros sino para mirar el pizarrón, como si sus músculos no le permitieran un desplazamiento lateral de la mirada. Me irritaban sus respuestas monosilábicas a mi curiosidad natural, puesto que el reducido número de extranjeros admitido en la carrera de Letras había conformado un grupo compacto para intentar un remedo de hogar lejos del hogar.

Transcurrieron muchos meses antes de que Margot me dirigiera espontáneamente la palabra, y cuando lo hizo, fue por desesperación, porque necesitaba la clave para comprender un texto que a mí me resultaba sencillo y a ella le sonaba a imposible. La ayudé sin dar mayor importancia al asunto, y eso, supongo, abrió una compuerta de comunicación que alenté, un poco por paliar ese aislamiento que ella había impuesto desde el principio y que había sido retribuido con la misma moneda, y otro poco por curiosidad, una curiosidad que intuía algún secreto que mi simiente de escritora, ya entonces, olfateaba interesante y romántico. Es increíble lo estúpida que puede ser una casi adolescente llena de ínfulas y falta de experiencia…

Margot aprendió a confiar en mí, y no la defraudé. Habló de su infancia, de su madre, de su pasión por la literatura, postergada hasta ese momento. Yo escuchaba en silencio. Necesitaba que llegara el momento preciso de preguntar acerca del foulard, que a esta altura, porque no había mencionado amores, se había convertido en mi imaginación en una prenda de amor, remembranza de algún abandono, o quizá de una muerte. Pero ella no hacía referencia a hombre alguno, y la impaciencia ganó la batalla.

-Margot- le pregunté un día, tomando un té a unas cuadras de la facultad -¿por qué no te quitas nunca el pañuelo? ¿Quién te lo dio?

Ella se levantó de golpe, clavando sus ojillos redondos y marrones en los míos.

-Mocosa impertinente- me increpó. -¡Cómo me equivoque contigo!-y partió, dejándome atontada y remordida. Que se entienda: remordida por no haber sabido esperar. Nunca se me ocurrió que le estuviera causando daño.

Luego se las compuso para encontrar un lugar en el fondo del aula. Pasaba a mi lado como si yo fuera invisible, y por cierto, lo era. Ella no quería verme.

Nos separaron los cursos y las materias, y podría decirse que la olvidé. A lo sumo, cuando dejaba la mente en blanco, la pregunta por el foulard se deslizaba hacia mi conciencia por un breve instante para luego volver a perderse en el magma de los pasados inconclusos.

La volví a encontrar después de graduada, en la sala de profesores asistentes. No había cambiado un ápice; yo sí. Había madurado, y sentí que le debía una disculpa. Me recibió mejor de lo que esperaba.
-No es tu culpa-dijo. –Si todavía podemos ser amigas, te invito a cenar a mi casa.

Por supuesto, acepté. Margot ocupaba un cuarto en una pensión, donde le habían permitido instalar un pequeño anafe para no compartir las comidas con los demás huéspedes. Había preparado un refrigerio sencillo y apetitoso y, hasta cierto punto, la encontré más desenvuelta que antes. Después del postre, mientras retiraba el servicio sin permitirme ayudarla, dijo, de espaldas a mí:

-Tú querías saber algo.

Era verdad, pero no me habría atrevido a tocar el tema que tanto la había molestado. Me limité a esperar. Ella se volvió, y con una sola mano retiró el foulard de su cuello y se desabotonó la camisa. Ante mis ojos atónitos se destacaban largas cicatrices de cortes profundos que le cruzaban la parte superior del cuerpo y se perdían bajo los pantalones.

-Allá en mi país, Alemania, yo era enfermera. Durante la guerra me destinaron a un campo. Los pacientes eran soldados que necesitaban vacunas, desinfectantes, pavadas, bah… Teníamos prohibido ingresar al área de los prisioneros. Sin embargo, yo tenía enorme curiosidad por ver de cerca esas sombras escuálidas que se desdibujaban a bastante distancia del hospital. Un día escapé hacia las barracas, y se me partió el alma. Te aclaro que, como la mayoría de mis compatriotas, nunca había pensado demasiado en el régimen. La propaganda culpaba de todos nuestros males a los judíos, gente que no se mezclaba con nosotros sino ocasionalmente, gente que no podíamos reconocer entre los otros. Ni los odiábamos ni los queríamos; nos eran totalmente indiferentes. Pero esa noche caí en la cuenta de padecimientos innombrables, y de que no sólo se trataba de judíos, sino de homosexuales, enemigos políticos, gitanos… Empecé a robar –sí, a robar– medicamentos, algodón, comida, que se tiraba, y mucha, para expiar la vergüenza que sentía. Tenía mucho miedo también, aunque la vergüenza era más fuerte. Ese no era un campo de exterminio sino de transición, de modo que no fui testigo de las ejecuciones ni de los hornos. Hasta que un guardia, de recorrida por el campo, me encontró curando a un viejo que habían molido a culatazos. Me llevó de los pelos ante el coronel, insultándome todo el camino. El coronel fue terminante. Dijo que esos, los judíos, no importaban; no eran personas. Correrían la suerte que les tocara, según vinieran las órdenes. En cambio yo era una traidora a mi patria y a mi raza, y merecía un castigo ejemplar. Ejecutarme no era una opción, porque la muerte me iba a ahorrar los recuerdos, así que me entregó a un grupo de soldados con órdenes expresas de hacer lo que quisieran conmigo menos matarme. Esto que ves –dijo, apenas rozando las cicatrices– son cortes de bayoneta. Llegan hasta adentro de la vagina. Me perforaron el útero, alternando las violaciones con el manejo salvaje de las bayonetas. No sé cuánto duró, porque me desmayé. Recuperé el sentido en la barraca donde me habían arrojado, un bulto informe de sangre y vómito. Sobreviví gracias a la compasión de otros prisioneros, y perdí noción del tiempo que compartí con ellos hasta que llegó un pelotón aliado. Estoy viva, pero en realidad no lo estoy. Quizá no lo comprendas. Pero ahora sabes.
Extrañamente, lo más doloroso para mí fue la voz sin matices de Margot; la voz que corroboraba su muerte en vida. Me acerqué y le besé aquellas marcas del horror. 

Poco después pedí traslado y jamás la busqué. Mi propia vergüenza erigió una pared infranqueable entre la víctima de sus hermanos y la judía que había creído saberlo todo.

MARTA MERAJVER-KURLAT